Al analizar en retrospectiva nuestra historia con el proyecto hazloTumism@ con Karen y Julián, noté que en su historia predomina el número tres. Para iniciar, son tres partes en las que puedo resumir la historia de este proyecto. Una inicial donde el enfoque está en el aprovechamiento de la tierra, luego, con el tiempo se crea un vínculo con la comunidad que hace que éste adopte un nuevo enfoque, y una tercera parte que está marcada por la entrada en escena de un tercer integrante esencial, su hija Tea, quien ha motivado grandes cambios en la proyección que tenían sus padres.

Capítulo I – “Puedo ser un vendedor, pero no un vendido”

Julián, geógrafo de profesión, llegó al municipio de Cáqueza (Cundinamarca) cansado de la agresividad de las grandes ciudades. Decidió tener un nuevo inicio en un predio de su familia, uno que venían visitando cada vez menos. Allí decidió tener su primer acercamiento a la agricultura, y en sociedad con un vecino iniciaron un pequeño cultivo de cilantro. Después de varias semanas de dedicarse al mantenimiento de éste, salió al mercado a ofrecer su cosecha y se estrelló por primera vez con la inclemencia del mercado. El precio que le ofrecían por su producción ni siquiera era suficiente para cubrir los costos en los que había incurrido.

Esto lo llevó a revaluar su acercamiento inicial, por lo que decidió formarse como técnico en agroecología en el SENA (Servicio Nacional de Aprendizaje) y asesorarse de expertos. Después de tocar varias puertas, llegó a la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia donde lo convencieron de sembrar café, pues según ellos era la mejor inversión para su predio. Siguió al pie de la letra las recomendaciones que le dieron, sembró más de cuatro mil plantas, las fertilizó y fumigó usando los bioinsumos que correspondían. Con el pasar de las semanas empezó a ver que la población de cafetos estaba disminuyendo; al hacer un inventario encontró que un poco más de la mitad estaban muertos. La asesoría le indicó las plántulas que debía comprar, qué productos usar y cómo aplicarlos, pero aunque le dijeron que los cafetos iban desarrollarse de forma adecuada en ausencia de sombra, esto nunca sucedió. Aunque los promotores del cultivo de café se interesaron por aumentar el área sembrada, no se preocuparon por garantizar la sostenibilidad de esta inversión.

Julián tuvo así un segundo desencuentro durante sus emprendimientos en el campo. Al compartir su historia con otros productores, ellos le recomendaban darle un manejo tradicional a su cultivo y volver a emplear insumos químicos, pero Julián ya no pensaba igual que cuando inició. Durante el tiempo que llevaba en Cáqueza había complementado su formación en agroecología por medio de varios libros y había conocido personas de la región que le mostraron nuevas formas de acercarse al campo. Don Luis era uno de ellos, con 76 años se había convertido en uno de sus mentores. Él es un referente en la zona pues a pesar que fue un productor agrícola que usó insumos químicos, su formación y los aprendizajes que adquirió en el campo le enseñaron que el suelo es un recurso que se debe conservar. Convencido de este principio, Julián decidió hacer caso omiso al consejo de la mayoría de agricultores y robustecer su proyecto agro-sostenible.

Fueron tres las plantas que sirvieron de cimiento para esta nueva etapa, el chachafruto (árbol nativo que produce una especie de fríjol gigante con un importante valor nutricional), el plátano y el botón de oro (planta que produce abundante néctar e incentiva la polinización en la zona). Con base en estas tres empezó a cultivar otras plantas y entró nuevamente al mercado, pero esta vez como un productor orgánico que además de café, ofrece jaleas, ajíes y ungüentos medicinales. Además reformó la disposición del cultivo y creó dos espacios circulares destinados a fomentar la polinización de abejas, y otro sembrado de mora que promueva el esparcimiento de semillas por medio de las aves que vayan allí a alimentarse. En esta nueva incursión decidió que volvería a ser un vendedor, pero con la claridad de no ser un vendido. No sacrificaría sus principios por obedecer a la tendencia de producir haciendo uso de agroquímicos, mantendría la armonía de su finca con el entorno.

Capítulo II – Fortaleciendo cimientos

En la medida que se consolidaba su iniciativa agroecológica, Julián fortaleció los vínculos con la comunidad que lo había recibido. No sólo había construido una red con otros productores de la zona, sino también sentía como propias las necesidades de esta comunidad. Su formación como músico lo llevó a tener una especial afinidad con los fenómenos culturales que estaba presenciando, puntualmente cómo se estaba erosionando el patrimonio cultural bajo el ritmo voraz de la modernidad. Observó que las juventudes desconocían el legado de generaciones anteriores, probablemente por los cambios que ha traído la tecnología en las interacciones entre las personas, y cómo éstas acceden al conocimiento. Cada vez más la respuesta a los distintos cuestionamientos que afrontan los jóvenes rurales surge de internet mientras que los referentes de su comportamiento provienen de la televisión, aminorando la importancia de heredar saberes y prácticas campesinas propias de su entorno más cercano. En coherencia con el nombre de su emergente proyecto, hazloTumism@, decidió involucrarse directamente con esta problemática y abrir espacios que contrarrestaran este fenómeno.

A partir de la música y la gastronomía buscaba rescatar identidades a partir de los sentidos, fomentar la creatividad basada en los recursos propios de la zona, y fortalecer el orgullo por los saberes campesinos. Un ejemplo de esto es el uso de ingredientes tradicionales, como la guatila, para emplearlos como base de nuevas recetas y así devolverle a los ingredientes locales el lugar que les corresponde en la mesa. También creó un cine foro con la idea de convocar a miembros de la comunidad e invitarlos a la reflexión de problemáticas globales. Así, apropiarlos de una realidad en la que ellos también están enmarcados y tienen el poder de incidir.

Este nuevo capítulo se vio robustecido con los aportes de Karen, su pareja, quien decidió unirse al estilo de vida de Julián y compartir el liderazgo del proyecto. No solo lo hizo participando en la elaboración de productos para aumentar la oferta en los mercados ecológicos, también aportó una perspectiva que se había omitido hasta el momento. Creó un espacio de conciencia del cuerpo propio, de auto exploración por medio de sesiones de yoga y meditación. Aunque aún más notable fue la apertura de espacios específicos para las mujeres de la comunidad. Entre ellos están los talleres para la elaboración de toallas higiénicas de tela para minimizar el impacto ambiental de los productos desechables y combatir los tabúes frente al sangrado menstrual. Pero el propósito del taller va aún más allá, éste busca que las mujeres aprendan a confeccionarlas y en la medida que logren comercializarlas, se convierta en un complemento para los ingresos de sus hogares.

Juntos convirtieron su finca en un referente para la discusión y el intercambio de perspectivas, un espacio en el que se salvaguardan los cimientos de la comunidad y se fomenta la construcción de nuevos horizontes.

Capítulo III – Inspiración y luz

El tercer capítulo de esta historia está marcado por la vinculación de una tercera integrante, Tea. Ahora de dos años, la hija de Karen y Julián se ha convertido en el centro de sus vidas. Los espacios se han ajustado pensando en ella y su proceso de formación. Juguetes dispuestos para su estimulación cognitiva y letreros con el nombre de algunos objetos de la casa, fueron los ejemplos más evidentes cuando entramos a la finca. Sin embargo, tras compartir más tiempo con ellos notamos lo esencial, lo que no salta inmediatamente a la vista, presenciamos cómo le destinaban su total atención a lo largo del día para jugar con ella, y la paciencia con la que la trataban entendiendo su espíritu infantil.

Pero quizás la mayor expresión de lo especial de esta conexión se dio cuando Julián tomó su guitarra y empezó a cantar. De inmediato Tea quiso que su madre la bajara de sus brazos y con una sonrisa que iluminaba su rostro aún más de lo que lo hacían sus cabellos rubios, se acercó a él corriendo para estar al frente de su intérprete favorito y bailar en asombrosa sintonía con el compás de la música.

Ese conmovedor instante se manifestó como una muestra de la alineación que han logrado entre el espacio que habitan, su concepto de familia y su concepción de un futuro mejor.

Después de conocer esta relación única, comprendimos la preocupación de sus padres de infundir en ella sus principios de consciencia ambiental y comunitaria sin caer en dogmatismos. Evitando que, al crecer, el discurso de hazloTumism@ le infunda tedio en lugar de inspiración. Este capítulo se sigue escribiendo y las respuestas aún están por encontrar, pero la certeza está en que Karen y Julián destinarán todas sus energías en la formación de quien se ha convertido en su nueva luz.

Escrito por: Sergio Martínez

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