En Cumaral, en el departamento del Meta, se están creando espacios donde se habita de manera diferente. Allí la ganadería pierde el rol protagónico que predomina en la región y se presta atención a las necesidades del territorio. Aunque por años se han deforestado los bosques de la región para aumentar las áreas dedicadas al pastoreo, y ahora el monocultivo de palma africana está afectando en gran medida la biodiversidad, existe un conjunto de personas que dedican sus esfuerzos a resistirse a esta realidad.

Felipe y Emilse

A pocos kilómetros del centro de Cumaral queda la finca El Silencio que habitan Felipe y Emilse, una pareja que cambió su vida en la congestionada Bogotá por vivir en la tranquilidad del campo. Aunque lo que no incluyeron en su traslado fue la mentalidad citadina que tuvieron en ese punto de sus vidas.

Varios años antes de mudarse ya se habían creado en su interior nuevas sensibilidades frente a la relación de cada uno con el planeta. Por esta razón ahora no solo son vegetarianos, sino que evitan los productos de industrias que afectan el medio ambiente, evitan el plástico, y aunque tienen un baño convencional, están construyendo un baño seco para no cagarse en un recurso tan preciado. Sin embargo, estos son solo pormenores al lado del proyecto que llevan un par de años construyendo.

Un cuestionamiento clave que les sirvió de motivación fue sobre la propiedad de la tierra. “¿Quiénes somos nosotros para apoderarnos de aquello que ha existido desde antes de la humanidad?” Al reconocerse como administradores del lugar que habitan, el territorio cobra un nuevo significado y los impulsa a relacionarse de manera distinta con él. Una evidencia fue la decisión de compartir una porción de su terreno con dos personas que en un momento de sus vidas contaron con tierra pero la perdieron por distintas circunstancias. Al hacerlo les permitieron recobrar un vínculo que ya consideraban perdido. Ellos plantaron una huerta para contar con alimento en su hogar y como contraprestación comparten su cosecha con la pareja que les abrió sus puertas.

Sin embargo, este solo fue el primer paso pues después labraron dos huertas circulares comunitarias. Aunque son sólo dos personas, han logrado labrar y sembrar 3 anillos de cada una. Esto gracias a que hacen parte de una red de trabajo colaborativo llamada Red de Mingueros del Piedemonte Llanero. Los miembros de esta red comparten su mano de obra y conocimientos para aportar en los proyectos de cada uno de los participantes, que pueden ser desde huertos, biocombustores, gallineros, hasta baños secos y más. Cada vez que se organiza una minga el único requisito es que el anfitrión se encargue de la alimentación e hidratación del equipo de trabajo.

La forma de las huertas circulares tiene bondades para la recuperación de suelos y fomenta la diversidad de los cultivos pues consiste en sembrar diferentes semillas nativas que formen relaciones favorables entre sí. Por ejemplo, sembrar leguminosas para fijar nitrógeno al suelo o plantas de porte alto para brindar sombra a las que la necesitan. Aunque la apreciación de Felipe sobre este tipo de huertas tiene un componente adicional. Para él se puede sembrar cuadrado y cuadrado puede ser el pensamiento, o sembrar con figuras diferentes indicando que las cosas se pueden hacer de otro modo. En todo caso, el labrado es escritura en la tierra y todo trazo es una huella que se deja, que puede ser de devastación o puede ser de regeneración de ecosistemas y conservación de fuentes de agua.

En este sentido, la huella que desean dejar Felipe y Emilse es de regeneración. Lo hacen conservando el bosque nativo y reforestando con especies nativas el área que en un momento tomaron los potreros. Todo para proteger y cultivar el mayor tesoro que tienen, un nacimiento de agua cristalina del cual consumen sin necesidad de tratamientos químicos. El anhelo de este conjunto de actividades es que la finca se vuelva la expresión de un pensar diferente, que a su vez sea la expresión de un habitar diferente de la vida. Un lugar donde en cada hueco que se hace para sembrar un árbol también se siembre el silencio que necesitamos en medio del ruido que predomina en estos tiempos.

Camilo y Vanessa

Eran las 10 de la mañana cuando llegamos al Colegio José Antonio Galán, uno de los tres que se encuentran en el casco urbano de Cumaral. Nos recibieron Camilo y algunos de sus estudiantes del curso 7D. La cita era para ver de primera mano los cambios que se estaban dando al interior del colegio y en la postura de los niños que tomaron parte en esa transformación.

Nos guiaron hacia el respaldo de uno de los edificios mientras Camilo nos contextualizaba sobre el espacio que íbamos a recorrer. Se trata de un bosque que resguarda un cuerpo de agua con el que colinda el predio y al que nunca se le dio un manejo específico. Por el contrario, con el tiempo se convirtió en un pequeño depósito donde se dejaban los residuos de algunas obras civiles, algunos pupitres dañados y bastantes empaques de comida provenientes de las meriendas que se les dan a los estudiantes.

Cuando llegamos, nos encontramos con un sendero demarcado y fue allí donde Bairon, uno de los estudiantes que nos acompañaba, tomó la palabra. Nos contó sobre la inmensa labor que había sido recolectar los residuos que se fueron acumulando durante años y los cambios que se habían dado en el paisaje. Este se había convertido en el objetivo conjunto de los estudiantes de distintos cursos de secundaria.

Mientras avanzábamos encontramos una zona con varios postes de cemento, cuando preguntamos al respecto, Natalia, otra estudiante, nos explicó que era parte de un proyecto para la instalación de colmenas de abejas meliponas que serían apadrinadas por los niños de séptimo y octavo. Estas son abejas sin aguijón propias de la región, pero están siendo amenazadas por la disminución del área de bosque, afectando el balance de este ecosistema.

Seguimos el recorrido y vimos varios mensajes que ellos mismos habían hecho para generar conciencia sobre la importancia de proteger los recursos naturales y el manejo de residuos. En este momento Camilo agregó que existen otras soluciones alternativas como entregar meriendas que generaren residuos menos contaminantes que el plástico e incluso fomenten la economía local al entregar alimentos producidos en la región. Sin embargo, la ejecución de estas propuestas está fuera de su alcance y tampoco se percibe como una medida que se adopte en el tiempo cercano.

Luego, nos contó que el espacio que recorrimos existe desde que él era estudiante de la misma institución. No solo nos sorprendió esto, además nos dijo que vivía en la misma cuadra en una finca pensada para ser un espacio de conservación ambiental y una extensión de las lecciones impartidas en el salón de clases.

Nombró a su finca El Conuco, que significa tierra apta para cultivar en comunidad en lengua sikuani. En línea con el espíritu que captura su nombre, piensa formalizar la constitución de una reserva natural para proteger la senda del agua que cruza por su predio. Camilo y Vanessa, su pareja, armonizan en el Conuco sus intereses productivos y pedagógicos. A la vez que desarrollan actividades de siembra orgánica para lograr autonomía alimentaria de su familia, pretenden que niños y jóvenes de sus alrededores descubran qué es una reserva natural.

En total son 6 fincas de la familia de Camilo, todas colindantes entre sí, pero Vanessa y él son los únicos que han tenido la iniciativa de retornarle a la tierra parte de lo que ella les ha entregado y así protegerla de las crecientes presiones urbanísticas del municipio.

Mario y Aura María

Entre Cumaral y Restrepo viven Mario, Aura María y su hija, Gaia. En su finca,  Gaia Colibrí, se han esforzado por lograr que sea un espacio para habitar sanamente, cuidando las relaciones con su entorno y aprovechando los recursos disponibles para satisfacer sus necesidades. Esta preocupación está especialmente relacionada con la formación de Mario en medicina alternativa. Ésta también ha caracterizado sus relaciones con la comunidad y las redes a las que pertenece, ya que procura compartir sus conocimientos materializados en semillas de plantas que ofrecen beneficios particulares para la salud.

Entre las redes a las que pertenece está la Red de Mingueros a la que también pertenecen Felipe, Emilse, Camilo y Vanessa. Con el apoyo de esta red han avanzado progresivamente en la adecuación de su predio. En este momento cuentan con una huerta circular con la que buscan suplir en gran medida sus necesidades alimentarias, además han realizado adecuaciones a su casa para aprovechar los desechos generados a través de un biocombustor y están programando la construcción de un galpón para sus gallinas y patos.

Sin embargo, el potencial de sus proyectos no es proporcional con el tamaño del predio que habitan. Los 1.600 metros de extensión de la finca contrastan con la tendencia predominante de los predios de gran extensión de la llanura colombiana. Pero estos son solo números, a Aura y Mario les cuesta imaginar que las personas que cuentan con tierras de mayor extensión sean más felices que ellos. No interesa el momento de la vida, el número de manos dispuestas a trabajar o la cantidad de tierra que se posea, lo importante es aportar con los medios con los que se cuenta para un futuro mejor.

Escrito por: Sergio Martínez

2 Comments

  • Gracias bicionarios por este relato que ayuda enormemente a visibilizar nuestros proyectos de vida. Siempre quedarán rodando en nuestra memoria silvestre durante su viaje. Y los esperamos al regreso, con un abrazo, alimentos de la huerta y más árboles en el paisaje!

    • Sergio Martínez says:

      Es un gusto para nosotros recibir estos mensajes de parte de ustedes. Nos indican que estamos trabajando en la dirección indicada y nos dan impulso para continuar.

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